sábado, 1 de marzo de 2008

El porvenir de una ilusión.





El porvenir de una ilusión*


Sobre el tablero varias piezas de ajedrez, uno de los peones exclama:

-¡Saben estoy cansado de tantas peleas, de tanto sobresalto!. Pasan los años y es lo mismo: el salvaguardar a nuestro soberano de los ataques, del encono, de la eterna rivalidad del Rey blanco. Estoy molesto y rabio por esta solidaridad con un monarca narcisista. ¡Ya no veo en mi amo mi ideal, ya no mas!. Despues de tantas luchas comienzo a pensar tan solo en mi mismo.

Un segundo Peón expresa:

-Somos imprescindibles, en las batallas, somos el alma del ajedrez, unidos procuramos a los participes la satisfacción de un arte que por otro lado permanece inasequible a las masas, hablo de la cultura. El arte elude la frustración del mundo exterior y nos brinda satisfacción en la creación, en la encarnación de fantasías, en la solución de problemas, en el descubrimiento de la verdad.

-¡Pamplinas! -vociferó un tercer Peón- soy hostil a la cultura. No tengo miedo a ninguno de mis rivales, ¡Ah, de aquel que se atraviese en mi camino! Me place complacer mis instintos, mi canibalismo: ¡Peón por Peón!. No quiero limitaciones, ni privaciones, soy adverso a la civilización; el precio que se paga por el progreso de la cultura es la infelicidad.

En el escenario de la batalla el Caballo se encuentra exangüe. El Alfil que aun resistía en el tablero intervino:

- Las Moiras son las dueñas y señoras de la naturaleza, sus designios son impenetrables, ellas marcan a cada quien su destino, el de los mortales y el de los dioses, el de la mismisima Caissa. Cloto, la Hilandera, hila, el hilo de la vida. Láquesis la Distribuidora de Suerte, decide su duración y asigna a cada quien su destino y Atropo la Inexorable, lleva las temibles tijeras que cortan el hilo de la vida en el momento apropiado.

-¡La ignorancia es la ignorancia! –discrepo el Peón Negro Torre de Rey que persistía estoico- ¡No es posible derivar de ella un derecho a creer en algo! Las doctrinas religiosas no son sino ilusiones, habituarse a temprana edad a aceptar sin critica los absurdos, una niñez tutelada por la restricción intelectual.

Desistamos de humanizar a la naturaleza, de imputarle omnipotencia paternal en un intento por hacer tolerable nuestra indefensión. Debemos reconocer nuestra impotencia e infinita pequeñez, no considerarnos el centro de la creación. Vencer el infantilismo, superarlo, salir a la vida. Fiarnos de la primacía del intelecto, confiar en muestras propias fuerzas nos enseña cuando menos a emplearlas con acierto. Lla mudanza de opinión es evolución y progreso; nada logra resistir a la razón y la experiencia.

Minutos después sobre el tablero se desplomo el rey níveo.


Idea y recopilación

Dr. Gabriel Capó Vidal.

*Sigmund Freud.